Jueves 22 de mayo - Teatro Lasserre

Formación:
Liliana Herrero: Voz
Matías Arriazu: Guitarras y coros
Mariano Cantero: Percusión y voz

Comentarios en torno al evento
Diario La Opinión – Viernes 23 de mayo – Información General – Página 17

HERRERO EN EL LASSERRE

Anoche se presentó la reconocida Liliana Herrero en el Teatro Lasserre para mostrar su nuevo c.d. “Igual a mi corazón” y parte de su extensa producción anterior junto a los músicos Matías Arriazu en guitarras y voces y Mariano Cantero en Percusión, ante unos 300 espectadores. Este recital fue organizado por la Asociación Cultural Otras Voces y el Centro Ciudad de Rafaela, en el marco del Ciclo de Música Popular y se realizó con el aporte de la Comisión Municipal para la Promoción de la Cultura.
Es una cantante con una extensa trayectoria que en q995 fue nominada con el Konex como una de las mejores cinco intérpretes de la década y en 1999 fue elegida por la Revista Rolling Stone mejor cantante femenina de ese año.- 

Diario La Opinión – Domingo 1 de Junio de 2008 -Suplemento Rastros–Usos del arte y las ideas – AÑO I – Nº 14 – Página 4.
Sobre el recital de Liliana Herrero en el Teatro Lasserre

EL CUERPO DE LA VOZ

Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que Liliana Herrero constituye una especie de memoria biológica del folclore argentino, y antes (o después) que argentino, litoraleño y oriental.  Quienes asistimos a su presentación en el Teatro Laserre el jueves 22 de mayo damos fe de esa experiencia.
Antes del génesis del espectáculo ya circulaba entre los potenciales espectadores una electricidad ansiosa e inquietante; había quienes caminaban tensamente del hall a la vereda desplegando su impaciencia con trazos de las piernas, había quienes conversaban con animosidad en un rincón, había quienes permanecían sentados en las banquetas aguardando la apertura de la sala, había quienes llegaban urgidos por la hora fijada para el comienzo y eran un solo movimiento desde la puerta hasta la boletería, había quienes en la calle esperaban con esa parsimonia solemne que otorga el acto de portar un cigarrillo encendido.  Con el ánimo que correspondiera, todos congregaban por una misma circunstancia del arte y por un solo sentir casi místico: la presencia de una cantante, a estas alturas del acontecer histórico nombrada y renombrada, sobre el escenario.  De manera que no es descabellado manifestar que una voz y una causa nos tenían a todos enlazados antes de la función.  Y es que la música, como la conversación, no es cuestión de cabales intercambios de notas-palabras coincidentes con un tiempo y un espacio: hace rato que la Herrero nos habla desde sus discos, hace rato que hablamos sobre sus discos, hace rato que tarareamos sus interpretaciones.
Sobre el tablado sucede la magia.  Su cuerpo menudo es un instrumento de resonancia, una sustancia vibratoria.  Su cuerpo, al situarse entre la producción y la emisión del sonido, se erige como un centro de acción, un lugar en el que las impresiones recibidas escogen inteligentemente su camino para transformarse en movimientos realizados.  De allí brotan zambas, murgas, rezos, gestos, cuecas, milongas, cientos de rasgos entrelazados por una voz incomparable de textura enronquecida y caliginosa, transida de dinámicas insospechadas.
En la emisión de una voz su propia instauración es una retrospección.  Herrero corporiza la ausencia, la remembranza, ese recuerdo ancestral y popular (¿la tradición?) que todos alguna vez vivimos, es un representar el pasado a través de la evocación sonora: el ritmo del tiempo.  Su voz es el viento que ella misma nombra en una estrofa: “el viento me contó cosas, era un fantasma ese viento”.  A través de ella sentimos, oímos, vimos, palpamos: las calles de Montevideo, un pequeño río del Uruguay, el poderoso lapacho rioplatense, la copla amarga de los labriegos al sol, el canturreo de los pájaros del litoral.  Otro entrerriano como ella, el inmortal Juanele, percibió del mismo modo: “No te detengas alma sobre el borde / de esta armonía / que ya no es solo de aguas, de islas y de orillas / ¿De qué música? (…) ¿O es que temes, alma, su silencio? / Serénate, alma mía, y entra como la luz / olvidada hasta cuando? / en este canto tenue, tenuísimo, perfecto”.
Cuando se encendieron las luces de la sala y hormigueaban nuestras manos de tanto aplaudir, tuvimos la certeza de haber consumado una ceremonia del cuerpo y del espíritu y divisamos la evidente modificación de la materia (el cuerpo) por el tiempo (la música) en una pequeña mujer convertida en archivo viviente de la experiencia pasada, de la experiencia de todos los hombres, incluido Bergson, que me prestó el concepto.
Por Jonatan Santillán.