Mes de la Agroecología: «Es posible y urgente otro modelo productivo»

Cada año, desde 2015, productoras y productores agroecológicos de todo el país celebran el Mes de la Agroecología. Es una instancia abocada a compartir diversas experiencias y saberes allí donde se siembran nuevas-viejas formas productivas frente al agronegocio. Es, en verdad, una celebración: año a año, las actividades y sus participantes se multiplican. El primer Mes de la Agroecología se realizó en Guaminí, provincia de Buenos Aires, pero hoy es una fecha que abre las puertas de campos y experiencias agroecológicas en todo el país. Desde Tucumán, la trabajadora de la tierra Fernanda Sáez reivindica el 8° Mes de la Agroecología, que se desarrolla desde el 19 de octubre hasta el 19 de noviembre. “Me hace saber que somos un montón”, afirma.

La productora tiene 30 años y vive en El Timbó Nuevo, una pequeña localidad rural ubicada 20 kilómetros al noreste de San Miguel de Tucumán que forma parte de la Red Nacional de Municipios y Comunidades que fomentan la Agroecología (Renama). Junto a su hermana Alicia está a cargo de la finca El Umbral, de 14 hectáreas. En 2017, las dos mujeres comenzaron la transición a la agroecología. Producen mandarinas, paltas, limones, naranja —en sus especies valencia y tangerina— limas y quinotos. En otoño e invierno agregan producción de hortalizas; lo hacen en esa temporada para poder ofrecerlas junto a las frutas (que se recogen en esa época) y además porque en la zona los veranos son muy calurosos, se registran lluvias intensas y esas condiciones complican el cultivo de ese tipo de verduras. Las hermanas venden lo cultivado en cajones agroecológicos a nivel local, en ferias y en mercados de Buenos Aires y de Córdoba. Cuando hay mucha producción comercializan en el mercado convencional pero —dice Fernanda— hacen muchos esfuerzos para llevar sus frutas y verduras agroecológicas a los mercados “que sí lo valoran”.

El Mes de la Agroecología convoca las y los productores, organizaciones, instituciones y académicos en proponer charlas, talleres y visitas a establecimientos agroecológicos. Invita a desistir de las recetas (propio del modelo de agronegocio) para contribuir con el florecimiento de una nueva forma de relacionarnos con el ambiente, de respetar la vida; lo que algunos pueblos indígenas llaman «el buen vivir». En este marco hay actividades programadas en provincias como Buenos Aires, Chaco, Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, Mendoza, Misiones, Neuquén, Río Negro, San Juan, Santa Fe, Tierra del Fuego y Tucumán.

La convocatoria es impulsada por la Renama, la Sociedad Argentina de Agroecología, la Dirección Nacional de Agroecología, el programa Cambio Rural, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y la Subsecretaría de Agricultura, Familiar, Campesina e Indígena de Nación. Solo la Renama reúne a 200 productores agroecológicos, 100.000 hectáreas cultivadas de esa manera y 40 municipios con políticas para fomentar esa práctica. Según el último Censo Nacional Agropecuario hay en Argentina 2309 explotaciones agropecuarias que practican la agroecología y otras 408 son de agricultura biodinámica.

Crédito: Fernanda Sáez

Practicar la agroecología en Tucumán

Mientras prepara un taller sobre meliponas —una especie de abeja nativa en Tucumán, hoy prácticamente desaparecida— en el marco de las actividades del Mes de la Agroecología, Fernanda cuenta cuáles son las condiciones para practicar la agroecología en Tucumán, cuál es el impacto de los monocultivos en términos productivos e identitarios y por qué son importantes las redes que se arman entre personas de diferentes territorios que hacen frente al agronegocio sembrando otro modelo.

Actividades federales como el Mes de la Agroecología son clave. Las y los productores que optan por transicionar deben enfrentar los prejuicios de abandonar el paquete tecnológico y la falta de asesoramiento técnico. “A esa dificultad la superamos con creces y ahí tienen mucha importancia los espacios de socialización, como una forma de educación alternativa y no formalizada. Involucrarse e integrarse en esos espacios significa un acompañamiento muy grande”, indica Fernanda. Otra dificultad es la falta de mercados, que tiene que ver con los procesos que incumben a la concientización de quienes consumen. «Tranqueras para dentro y para afuera es importante saber que no estamos solos. No solo quienes producimos, sino también quienes consumimos», señala.

La productora destaca el rol de organizaciones como la Unión de Trabajadores de la Tierra, que “vienen trabajando muy bien en territorio” y la creación de ferias de intercambio de productoras y productores agroecológicos. Actualmente se está gestando un observatorio sobre citricultura desde la Universidad Nacional de Tucumán, que permite visibilizar las problemáticas productivas de la zona. “Se va instalando el tema a partir del problema de los agrotóxicos y del monocultivo de limón”, dice Fernanda.

—¿Cuándo optaron por transicionar a la agroecología?

—Nos gusta marcar que ese cambio no fue un mandato sino una decisión. Venimos de una familia machista donde el rol de la mujer se vinculaba a la casa o al estudio y los varones eran los que estaban en el campo. Cuando con mi hermana heredamos estas tierras tuvimos un sentir genuino de revincularnos con nuestra historia familiar y de transformarla. Con todos los contras y con todos los prejuicios porque no sabíamos del campo. Pasaron cinco años y hoy la situación es totalmente distinta. Nosotras manejamos los tractores y tenemos gente que nos ayuda. Transicionar a la agroecología fue una decisión de transformar este espacio y resignificarlo. Llegamos con la gran decisión de decir basta al uso de venenos, porque de eso sí estábamos al tanto viviendo en la ciudad. Eso marcó el rumbo. Se nota mucho la impronta de las mujeres en estos trabajos.

—¿En qué aspectos?

—Aparecen muchas opiniones diversas cada vez que vamos a hacer algo. Cuando decidimos dejar de usar glifosato o el 2,4-D no quedó hueco en El Timbó Nuevo que no supiera de esa decisión. Decían que le estábamos errando, que eso no era posible y que nos íbamos a fundir. Pero no fue así. Otro aspecto que nos caracteriza son las buenas vinculaciones laborales. En El Umbral tenemos buenas referencias, nos conocen como “la finca de las chicas” y quienes vienen a cosechar siempre nos valoran. En los ámbitos rurales se maneja mucho el maltrato y cambiar eso nos parece importante.

—¿Qué significa para vos, como productora agroecológica, el 8° Mes de la Agroecología?

—Me hace saber que somos un montón. Me recuerda que yo estoy acá en El Timbó, pero que hay gente también en Salta u otras provincias produciendo y gente en las ciudades haciendo huertas en los departamentos. Ayuda a desvincular la agricultura solamente a lo rural y a mostrar que se puede plantar en cualquier lado. El Mes de la Agroecología viene a celebrar eso.

—¿Percibís un crecimiento de la agroecología en Argentina?

—Sí. El gran destape de la agroecología vino por el tema de los agrotóxicos y en consecuencia empezar a hablar de soberanía alimentaria, del acceso a la tierra, de las poblaciones indígenas y de los procesos identitarios. De la mano de esos procesos de resistencia viene creciendo la agroecología.

Crédito: Fernanda Sáez

Monocultivo o biodiversidad y soberanía alimentaria

Las meliponas son abejas sin aguijón que habitan zonas tropicales y subtropicales. En nuestro país se las puede encontrar en Tucumán, Formosa, Chaco o Misiones. Producen propóleo, un producto utilizado de manera ancestral por diversos pueblos indígenas, como los mayas y aztecas, para curar heridas en la piel. Actualmente, están desapareciendo por el avance de los desmontes. Por eso, con el espíritu de intercambio de saberes que fomenta el Mes de la Agroecología, en El Timbó Nuevo se organizó el taller sobre las abejas nativas.

Las fincas El Umbral y Alta Gracia —que cría gallinas a campo— convocaron en conjunto al taller sobre meliponas. La idea surgió a partir de conversaciones con un maestro de la escuela local, Carlos Molineri, criador de este especia nativa. «La idea fue rescatar la importancia ecosistémica que tienen las abejas, más allá de la miel”. Y añade: “Es volver a otorgar protagonismo a los insectos que han sido combatidos tantos años y también hablar de la finca como un organismo: de los animales, las plantas y los humanos”.

La gradual desaparición de las abejas meliponas expresa cómo afecta el avance de las lógicas del agronegocio a la flora y a la fauna nativa. Al respecto, Fernanda cita otro ejemplo del modelo productivo hegemónico en Tucumán: el monocultivo de limón. Al respecto, destaca cómo el paisaje muta según la oferta y la demanda de productos en el mercado y cómo eso afecta la identidad del pueblo y las prácticas cotidianas. “El nombre del pueblo, El Timbó, es por un árbol autóctono, pero ya nadie asocia el nombre del lugar al nombre del árbol. Recuerdo venir de chica y ver cientos de ellos. Hoy no hay ninguno«. grafica.

La producción de limones argentinos se ubica principalmente en la región del NOA, siendo Tucumán la provincia que más hectáreas presenta (50.000), con una participación del 75 por ciento el total nacional. Entre las familias principales familias productoras se encuentran Blaquier —conocida por el ingenio azucarero Ledesma— y Lucci —dueña de Citrusvil, la principal productora del rubro—.

En Tucumán hay estaciones de servicio que se llaman El Limón, las servilletas y las bolsas plásticas tienen limones impresos y se realizan actividades como el recital de rock Lemon Fest, el Festival Anual del Limón o la Semana del Limón. El cítrico también identifica la cartelería de políticas públicas. “Es muy curioso ver cómo se busca legitimar los desmontes en vistas del cultivo de turno. Antes era la caña, luego fue la naranja, hoy es el limón”, grafica Fernanda.

En agosto pasado, Pablo Padilla, presidente de la Asociación Citrícola del Noroeste Argentino (ACNOA), dijo al medio Perfil que el sector limonero está enfrentando una crisis, debido a aumentos en los fertilizantes y los altos costos de los fletes internacionales, que se incrementaron desde la pandemia.

El presidente es dueño de Padilla Citrus, una de las empresas más grandes del sector. Por estas dificultades, en la Legislatura tucumana avanza un proyecto para declarar la emergencia en la producción citrícola. Fernanda cuenta que ya se ven cientos de hectáreas quemadas y limoneros arrancados: “Ahora viene la palta y, cuando la palta no rinda, se verá qué se pone”.

La productora reflexiona, respecto del atentado a la biodiversidad que suponen los monocultivos: “Las historias, los espacios y paisajes nos pasan por el cuerpo en singular y plural. Eso hace a nuestra identidad, a cómo decidimos contarnos y desde dónde. Eso no se comercializa”.  Por eso las redes de productores agroecológicos son cada vez más necesarias para recuperar las identidades y economías locales y la soberanía alimentaria.

—¿Qué respuesta da la agroecología ante el modelo del monocultivo?

—Generar espacios de intercambio y de conversación, volver a dimensionar el valor de la palabra y del lenguaje y redefinir las nociones de costo y beneficio, que son ideas humanas. La naturaleza no entiende de costo y beneficio. Empezar a hablar de eso nos hace descubrir muchas cosas que no están bien y la soberanía alimentaria es hacia dónde vamos. No desde el combate ni la agresión, sino ofreciendo resistencia con argumentos y mostrando que es posible y urgente otro modelo productivo.

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