Los tres focos de conflicto que se le abren a Javier Milei a partir del fracaso del proyecto de ley ómnibus

La peor semana en lo que va del gobierno libertario desnudó las flaquezas de su construcción política. Enemistado con las provincias, el Presidente y Luis Caputo imponen un ajuste por las malas que los enfrenta a su electorado. Los puentes con dirigentes como Llaryora, a los que consideraban aliados, quedaron dañados. El papelón del bloque oficialista en el Congreso le dió argumentos al PRO para forzar una alianza más profunda y copar el gabinete. 

El naufragio de la ley ómnibus no sólo significó la primera gran frustración para Javier Milei desde que asumió la presidencia. Como coletazo del fracaso, al Presidente se le abrieron en paralelo tres grandes focos de conflicto. El más acuciante es el quiebre de la relación con los gobernadores de la –hasta esta semana– “oposición colaboracionista”. En el Gobierno soñaban con verlos pintados de violeta en el mediano plazo, toda vez que la administración libertaria se estabilizara en el poder, pero ni una cosa ni la otra –que iban de la mano– pudo ser hasta ahora. La salida del titular de Anses, Osvaldo Giordano, y de la secretaria de Minería, Flavia Royón, fue la vendetta esperable contra sus jefes políticos Martín Llaryora y Gustavo Sáenz, respectivamente. La considerada “traición” del cordobés caló hondo y fue interpretada en la Rosada como un gesto que lo ubica directamente en la competencia rumbo a 2027. Pero los despidos también generaron un hueco en la gestión. Y, por consiguiente, un nuevo problema: cómo reemplazarlos, y con quiénes. Mauricio Macri y Patricia Bullrich presionan cada uno por su lado para copar el gabinete. Se basan para eso en un diagnóstico: el bochorno del martes pasado en el Congreso desnudó el amateurismo de muchos dirigentes de LLA, especialmente en su bloque de Diputados. Esa mirada –que comparten no sin sonrojarse en el Ejecutivo– impone como necesario un rediseño político, aunque algunas voces oficiales se atajan en que todavía es «pronto» para sacar conclusiones con el golpazo todavía fresco.

Ajuste por las malas

El recorte de recursos para las provincias, que abarca por ahora desde los subsidios al transporte al fondo de incentivo docente y las mentadas «transferencias discrecionales», no sólo enfrenta a Milei con los gobernadores, sino también con parte de su electorado. En el interior fue precisamente donde LLA hizo un diferencial clarísimo en el último balotaje, por lo que la idea de Luis Caputo de imponer un ajuste fiscal a las provincias por las malas trae aparejado un doble filo para el sostén popular de la imagen presidencial. Así, al menos, lo ven cerca de uno de los mandatarios provinciales que fue blanco de la furia presidencial durante toda esta semana.

Basados en ese argumento, y en que defendieron hasta último momento a sus economías regionales y los sectores productivos que representan, los gobernadores «amigables» justificaban haberle negado el apoyo sobre la hora a la megaley. La respuesta en la Rosada es que se cansaron de brindar gestos de buena voluntad, como retirar el paquete fiscal diez días antes de la votación. El corazón del desacuerdo, según voces del Gobierno, pasó por los mecanismos de compensación para la caja de los gobernadores. El oficialismo primero pidió que se vote el proyecto para luego, en sesiones ordinarias, reponer Ganancias. Los gobernadores pedían que fuera todo junto, e incluso algunos como Llaryora presionaron para coparticipar el impuesto País. Sea como fuere, el fracaso derivó en la venganza posterior de Nación y en que el vínculo político con las provincias se resintiera al punto de que todo el paquete fiscal, que incluía un aumento de la recaudación y por ende un alivio para el ajuste, quedara cajoneado hasta nuevo aviso. En suma, todos perdieron.

Desde Italia, Milei se dedicó a ahondar en la herida. “Tienen los dedos sucios”, les dijo a los gobernadores. Fue una nueva declaración de guerra, otra jugada al filo: Milei confía en que luego el ala política de su gobierno recoja los pedazos de lo que él se encarga de romper. Lo que no está claro es hasta cuándo podrá hacerlo. Otro de los reclamos de algunos gobernadores pasa por quién representa ante ellos la palabra fiel del Presidente, que se dedicó a romper cada uno de los consensos que lograron durante el debate legislativo.

En esa cuenta salvan, por ahora, al ministro de Interior, Guillermo Francos, a quien le reconocen sus esfuerzos en mantener puentes tendidos aún en medio de una relación cada vez más áspera. El gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, lo elogió en un tuit por los esfuerzos conjuntos para combatir los incendios en Neuquén y Rio Negro. Milei también lo sostiene. Luego de recibirlo en el Vaticano, dijo de su ministro que sigue en el cargo «más firme que rulo de estatua». Esa fue una legitimación clave porque Francos también comparte responsabilidad por el traspié legislativo.

¿Se viene Macri?

En el ala dura del PRO no saben todavía cuando, pero especulan con un grado importante de certeza que si Milei sigue gobernando como hasta ahora, el «crash» es inevitable. Lo que pasó en Diputados les da al menos un argumento sólido: el bloque los acompañó hasta donde lo dejaron, dicen, pero el triunfo o la derrota de la ley dependía exclusivamente de quienes llevaron adelante las gestiones políticas. Y es sobre los libertarios que ahora apuntan los cañones para relanzar el Gobierno con ellos adentro.

Un primer paso en ese sentido podría ser la unificación de los bloques legislativos, más allá de algunas voces –principalmente del entorno más cercano a Mauricio Macri– que empujan para copar el Ejecutivo. Hay quienes dicen que, a fin de cuentas, el expresidente siempre pidió manejar el Congreso antes que llenar la raviolera estatal. Uno de los vértices del pacto de Acassusso fue que Cristian Ritondo sea erigido presidente de la Cámara de Diputados. Tanto Francos como el Jefe de Gabinete, Nicolás Posse, eligieron otro camino.

Macri también quedó molesto con el diseño original del gabinete. Adentro tiene a una exaliada, hoy enemiga, como Patricia Bullrich. La ministra de Seguridad sigue ostentando la presidencia del PRO, aunque en licencia, un cargo que el expresidente quiere para sí. Los dos, de todos modos, comparten la idea de relanzar el gobierno con su partido como garantía de gobernabilidad, aunque representan facciones e intereses distintos. Tal como adelantó Página/12, Macri ahora quiere tres ministerios: Economía, Infraestructura e Interior. De concretarlo –Milei dió el visto bueno para acuerdo desde Roma, aunque sin detalles ni precisiones– volarían dos ministros clave como Francos y Caputo, en quienes todavía el Presidente confía.

Parte de la urgencia que tiene el macrismo pasa porque ven a la gestión sin rumbo y a un Milei inestable, por lo que la ansiedad de que la experiencia termine mal para todos es creciente. «Estos ven el témpano y aceleran. A veces parece que ellos mismos quieren que se pudra todo», confió sus dudas a este medio un importante diputado del PRO.

Ay, ay, ay, Zago 

El mismo legislador reconstruía así la jornada negra del martes. «El oficialismo no tenía ni idea de lo que estaba pasando realmente. Había acuerdo con los gobernadores, pero en cada inciso sacábamos menos votos. Osea que acuerdo no había. Lo cual es gravísimo, y nunca visto. Cuando pidieron el cuarto intermedio creyendo que el proyecto podía volver a empezar en comisión, no lo podíamos creer. Hasta ahí llegamos. Nosotros no somos el Gobierno», dijo.

La descripción hace referencia al momento en que Oscar Zago, presidente del bloque de LLA, protagonizó su paso de comedia para la historia de la Cámara de Diputados. No pidió retirar el proyecto, sino volverlo a comisión. Cayó en una mala interpretación del reglamento, lo que después arrastró a varios funcionarios del Ejecutivo a cometer el mismo error conceptual frente a los micrófonos de los medios. Más allá de quién dió el primer paso en falso y del pase de factura compartido al interior del oficialismo, el papelón está hecho. Lo mismo sucedió, 24 horas después, con la presentación del proyecto que revierte la legalización del aborto, que contenía firmas falseadas. Un desaguisado tras otro que en el Gobierno sin embargo era visto con piedad: se lo adjudican a que son una fuerza nueva. Esa explicación, de todos modos, contrasta con lo que el Presidente dijo públicamente: que la ley ya no le interesaba y que, al fin y al cabo, se trató de un triunfo que dejó expuestos los intereses espurios de «la casta». «No hay rumbo» resumían en el PRO, a caballo de los resultados.

FUENTE: PAGINA 12

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